Política | "Camperazo" solidario

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Lo mejor para los que menos tienen

En las calles de Buenos Aires, donde el invierno multiplica la vulnerabilidad de quienes no tienen techo, un grupo de activistas sociales decidió transformar la solidaridad en acción concreta: fabricaron y repartieron cientos de camperas especialmente diseñadas para resistir la intemperie, convencidos de que nadie merece el descarte. La iniciativa, bautizada “camperazo”, se suma a la tarea cotidiana de ofrecer comida caliente y compañía en la Plaza del Congreso, y refleja tanto la urgencia social como una concepción política que busca recuperar el espíritu de la Fundación Eva Perón: dar lo mejor a quienes menos tienen. Por Mailén González Buenos Aires, 14 de agosto de 2026. Cada viernes, cuando el sol comienza a caer, la vereda junto al Congreso se convierte en un punto de encuentro. Allí, la organización El Repliegue despliega una olla humeante y reparte entre 130 y 150 porciones de comida. La fila la integran personas que viven en la calle, trabajadores de ingresos bajos y jubilados que no logran subsistir con su haber. En las últimas semanas, muchos de ellos estrenaron camperas negras con la imagen de las Islas Malvinas en el brazo izquierdo, confeccionadas en talleres textiles locales y distribuidas gratuitamente por los militantes. El costo de producción ronda los 30.000 pesos por unidad, pero la organización prefirió apostar a la industria nacional antes que importar prendas más baratas, convencida de que generar trabajo es también una forma de combatir la exclusión.

El proyecto se financió con donaciones bajo una fórmula ingeniosa: quienes aportaban dos camperas podían quedarse con una. La propuesta se volvió tan popular que debieron cerrarla para cumplir con los compromisos asumidos con la gente de la plaza. “Queríamos fabricar una prenda que cualquiera de nosotros quisiera usar”, explica Ariel Duarte, abogado de 33 años y presidente de la organización. Para él, la calidad de la ropa es un mensaje político: “Si tenemos exclusión social es porque no hay trabajo. Apostar a la industria nacional es evitar que mañana haya más personas viniendo a comer a la olla”.

El contexto es alarmante. Según datos oficiales, la cantidad de personas sin hogar en la Ciudad de Buenos Aires aumentó un 57% en los últimos dos años. El Ministerio de Desarrollo Humano registró a comienzos de 2026 a 5.176 personas en esa situación, aunque organizaciones sociales sostienen que la cifra real es mucho mayor. En cualquier caso, la tendencia es clara: cada vez más familias y adultos mayores terminan en la calle. Frente a esa realidad, El Repliegue decidió no limitarse a la asistencia alimentaria. Además de la comida, ofrecen un ropero para canalizar donaciones de ropa y un consultorio improvisado para ayudar con trámites. “Mucha gente solo quiere conversar sobre su situación con alguien, aunque ya sepa lo que tiene que hacer. Quiere que alguien lo mire a los ojos y lo escuche”, dice Duarte.

La organización nació en 2019, durante el gobierno de Alberto Fernández, con una revista y materiales teóricos sobre soberanía, industrialización y derechos sociales. Pero la pandemia los impulsó a salir a la calle, cuando vieron que muchas agrupaciones se replegaban. Desde entonces, la Plaza del Congreso se convirtió en su base. Allí, cada viernes, cocinan con buenos insumos y carne, convencidos de que la calidad de la comida es también un gesto de dignidad. En La Plata, a 60 kilómetros, otro equipo de jóvenes voluntarios replica la experiencia con unas 70 porciones semanales.

El modo de organizarse expresa una concepción política más amplia. Aunque reivindican la tradición peronista, cuestionan el rumbo que tomó el movimiento en las últimas décadas y defienden la independencia de los recursos estatales. “Las organizaciones políticas en Argentina tienen que empezar a discutir cómo financiarse. No se puede hacer la revolución con la plata del sistema”, sostienen. Su apuesta es resolver el financiamiento con suscripciones a la editorial y campañas de donaciones, evitando la dependencia de los vaivenes electorales.

El espejo histórico elegido es la Fundación Eva Perón. Duarte recuerda cómo Evita atendía personalmente a quienes hacían fila para pedir ayuda y cómo el peronismo entregaba viviendas con pisos de parquet y máquinas de coser de primera generación. “Todas las personas merecemos lo mejor, incluso los que no son ningunos pobrecitos. Entre los que van a la olla hay bastantes desgraciados, gente que a la mañana, en vez de decidir ponerse de pie, elige quedarse tirada o delinquir. Pero todos son personas y no merecen el descarte ni la condescendencia”, resume.

El camperazo, entonces, no es solo una campaña de abrigo: es la expresión de una idea de justicia social que busca devolver dignidad a quienes quedaron fuera del sistema. En un invierno marcado por el aumento de la pobreza y la indigencia, las camperas negras con las Malvinas en el brazo se convirtieron en símbolo de resistencia y solidaridad. Para quienes las reciben, son más que un abrigo: son la prueba de que todavía hay quienes creen que nadie merece ser descartado.  



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